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Una boda rumana


Uno de los acontecimientos de mi estancia en Rumanía que con más cariño recordaré será, sin duda alguna, la boda de nuestra compañera en la oficómica (te lo tomo prestado, Ale) Adriana y su actual marido, George.

Porque si ya es excitante asistir a una boda, en previsión de mover el bigote en abundancia, y siempre que no sea la de uno, no lo es menos si el enlace se produce en un país diferente, con el cambio cultural que eso conlleva.

Y si fuerte puede ser el cambio entre una boda rumana y otra española, se puede asumir que entre una boda rumana en Bucarest y otra en el campo no le va muy a la zaga. Nosotros tuvimos la gran suerte de estar en una boda rumana totalmente campestre.

Tras tomar un maxitaxi (fletado por los novios) en la bucarestina piata Obor, y dormitar durante el largo periplo camino de un pueblo entre Pitesti y Ploiesti (no recuerdo el nombre), arribamos al lugar de celebración del convite nupcial.

Lo primero que llama la atención: la boda no empieza en la iglesia. Empieza en casa de la novia, donde se dan cita todos los invitados, incluyendo padrinos y el resto del staff. Seguidamente, la novia y el novio salen juntos de la casa, reciben las bendiciones y parabienes de los invitados y realizan un par de bailes y ceremonias muy entretenidos, con donaciones por parte de los presentes.

En comitiva se marcha hacia la iglesia (ortodoxa rumana) mientras todo el pueblo se echa a las puertas de sus casas. Algunos se incorporan ya al cortejo. Otros lo harán tras la ceremonia religiosa. Pero todos moverán el bigote: todo el pueblo está invitado.

En la iglesia, más sorpresas. Nadie se sienta. Casi hora y media de pie. El calor se hace casi insoportable. Y eso para mi. No quiero ni pensar en Adriana y George, el calor que tuvieron que pasar. El curo ni lee ni canta, recita. Si cierras los ojos y tratas de no traducir nada de lo poco que tu exigüe rumano te permite, Banyú, podrías creerte escuchando un muecín cualquiera desde cualquier minarete de cualquier mezquita. Los abres.

La poca luz solar que se filtra entre las estrechas y alargadas ventanas apenas sirve para alumbrar algo más que los cirios y bombillas amarillas del interior abovedado de la iglesia. Una corona para los novios, un ritual extraño, besos a un gran libro (¿la Biblia?), ahora beben del vino, ahora comen del pan, de qué manera, ahora vuelven a besar el libro… no lo recuerdo con detalle, pero fue bastante novedoso para mi.

Al final, vuelta a casa, otra vez andando. Ahora sí que se apunta todo el pueblo. Los que no se terminan de decidir, lo hacen después de darle un par de tragos a la tuica que George va ofreciendo a todos y cada uno de los vecinos que se encuentra. Curioso.

En la casa, varias mesas alargadas colocadas en paralelo bajo una previsora carpa se disponen a recibir a los casi trescientos invitados (básicamente todo el pueblo). En un extremo, otra mesa, perpendicular a las anteriores, preside la celebración. Allí se dirigen los novios. La música comienza a sonar. La tarde empieza a suspirar moribunda. La luna hace acto de presencia en el despejado cielo de agosto (¿no he dicho que fue en agosto?).

La costumbre rumana a la hora de comer, beber y bailar en las grandes celebraciones es bastante curiosa, y bajo mi punto de vista, mucho más práctica y entretenida. ¿Qué se hace?. Muy sencillo, se sirve el primer plato o los entrantes. Se come. Se baila, se bebe. Se baila, se bebe. Se baila, se bebe… y así hasta por hora y media o dos horas. Se sirve el segundo plato. Se baila, se bebe. Se baila, se bebe. Se baila, se bebe… y de nuevo por espacio de hora y media o dos horas. Luego el postre. Y así, tras cinco horas, ya se pueden ir los gorrones que sólo querían cenar. No, ya en serio, creo que este sistema fomenta muchísimo más la convivencia y la conversación entre invitados de distintas mesas, además de que permite beber de forma mucho más saludable, sin dejar de comer en prácticamente toda la noche.

Al final, entre pitos, flautas, bailes y vinos la noche se nos fue diluyendo en un conglomerado de risas, olores, mareos y fantasía.

En la vuelta a Bucarest, el toque frikie, paramos en Petresti, el pueblo del que era oriunda Elena Ceausescu. Mia no fue la idea, pero lo cierto es que tuvo su no sé qué el momento.

Muchas gracias Adriana y George, por la invitación y la magnífica noche que pasamos. Por cierto, me ha hecho mucha ilusión volveros a ver esta semana pasada, durante la fugaz visita que hice a Bucarest.